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La Coctelera

Categoría: Teorías y modelos de Comunicación

Más medios que comunicación. Enunciación de un problema IV

El efecto pecera
Si bien parece que cierto que los medios de comunicación e información imponen su ley en la sociedad, y que sus procesos se replican en los grupos, las comunidades y las organizaciones, también se puede pensar que esto ocurre justamente por la ausencia de posiciones criticas de los espectadores. Es posible hacer una analogía entre los medios y una pecera. Una persona cualquiera prepara un estanque de vidrio con agua –incluso de mar-, deposita unas piedrecillas en el fondo, asegura la oxigenación de la misma, recubre uno de los lados con una panorámica del fondo del mar y finalmente suelta allí unos pececillos. Esta persona se deleita con la imagen que tiene, disfruta de “su pedacito” de mar. Pero aquello no es el mar, lo los pequeños peces no están en su hábitat, se trata, finalmente, de una vana ilusión, de un simulacro. El caso de los medios es muy similar, y en al caso de las organizaciones, no lo es menos. Se trata de medios que pretender construir una realidad diferente a la percibida y vivida por las personas en la organización. Se trata de un construcción que tiende a desviar los contenidos de los medios de lás realidades más hondas de comunicación entre las personas. El medio es un espacio de representación a través de signos y símbolos. Puede decirse que es una dimensión de representación. Esto se explica porque una dimensión implica la confluencia de un espacio y un tiempo. En tal sentido, un medio es un espacio de representación condicionado por un espacio y un tiempo. Sirve de vehículo para un texto que se elabora gracias a una serie de convenciones, de símbolos o expresiones ya sean éstas verbales o no verbales, que pueden dotarse de sentido. Ya decía Gerbner que la comunicación es un intercambio de sentidos. Pues bien, el medio, que permite dicho intercambio, se estructura como presencia real en la confluencia de un espacio - tiempo. Ampliando un poco más el concepto podríamos decir que la comunicación debe ser la construcción de sentido en común y el medio es el espacio de representación que lo posibilita. El mensaje es de una naturaleza diferente a la del medio y por lo tanto responde a la cognición del ser humano, a su posibilidad de codificar, comprender, asimilar. El mensaje lleva consigo una búsqueda del interior del ser humano, conlleva una construcción en la tensión entre inteligencia y sentimiento. Las condiciones y capacidades comunicativas del ser humano encuentran uno de sus meridianos, justamente, en aquella tensión. El medio posibilita la llegada del mensaje y su carga simbólica al sujeto que piensa y que siente; incluso condiciona en gran medida ese mensaje; pero no se convierte en aquella abstracción de ideas y sentimientos en los cuales se puede transformar el mensaje asimilado por el sujeto. El medio puede determinar, en gran parte, las sensaciones de los comunicantes; pero no se constituirá en parte de ellos como lo puede hacer la carga simbólica que ha transmitido. El medio, cada medio, será en sí mismo un espacio
limitado de representación; el mensaje se transformará, con lo sujetos que intercambian sentidos, en un infinito “continum” de simbolizaciones. En este mismo orden de ideas, es preciso, a esta altura, resaltar, la que puede ser quizás la gran diferencia entre el medio y el mensaje: la mediación. Si de una parte decimos que es la gran diferencia, de otra parte planteamos que es también su gran encuentro. Así como en el signo se unen el significado y el significante y como en las monedas se encuentran indisolubles la cara y el sello (cruz); la mediación representa la inseparabilidad de medio y mensaje, pero además, y en relación más amplia y generosa, tal indisolubilidad es compartida con los actuantes del proceso comunicativo inmersos en una historia, una cultura, unos proyectos de futuro, y otras alternativas de diferentes órdenes, como pueden serlo las psicológicas, sociales y políticas por ejemplo. La mediación implica la codificación, el medio que transmite y une, el mensaje y los sujetos, los impactos pero también los procesos, las transformaciones; pero igualmente los transformadores. Dicha mediación es real en los procesos sociales que se generan en la interacción de las personas, se erige de la mano de los fenómenos de la realidad y su desarrollo histórico, se moviliza en los medios y se hace viva en la tensión inteligencia-sentimientos de las personas con los consabidos procesos sociales de su interacción. Tener medios no necesariamente implica contar con una buena mediación, ésta es una de las carencias reales de nuestras comunidades y nuestra sociedad. La mediación no se explica sólo por la presencia de medios; y los seres humanos requerimos de medios y mediaciones pero ante todo buscamos comunicación. “Cuando todavía no se usaba el término ‘medios de comunicación’ se conocía a los libreros como intermediarios entre los escritores y los lectores”[1]. Así es que primero se hablaba de inter.-mediación, para expresar la mediación que alguien hacía entre otros. Se reconocía la posibilidad de un sujeto o grupo de sujetos para mediar, hacer de medio, a fin de que otras partes se unieran, o se encontraran. En la actualidad vemos la mediación como el proceso complejo y simbólico que se estructura en los fenómenos de interacción entre personas y colectividades. Éste es posibilitado por unos medios pero vivenciado por personas. En términos de comunicación humana podemos pensar que la mediación implica una vivencia, una experiencia personal de algún tipo. En esta perspectiva la existencia de los medios no implica que el medio deba ser el mensaje, y menos aun, que la existencia de los mismos implique la bondad de los alcances comunicativos. Ya lo había planteado Carlos Castilla del Pino desde los años setenta al referirse al reconocimiento según el cual “…la paradoja con que se nos presenta nuestra situación actual, a saber, el descubrimiento de que nuestra comprensión del fenómeno de la comunicación, y la existencia misma de unos medios de comunicación inimaginables hace años, corren parejos, pero en proporción inversa, con la incomunicación fáctica entre un hombre y otro se verifica”[2]. Así las cosas resultaría necesario buscar una comunicación que supere al medio fundamentándose en él para llegar al desarrollo efectivo de la mejor comunicación fáctica posible entre las personas. Esta comunicación, por supuesto, siempre será incompleta, ambigua, compleja, fruto de su propia esencia simbólica en la cual nunca será posible que un sujeto comunique todo lo que desea o espera, y nunca comprenderá todo lo que le es comunicado. La percepción comunicativa es realmente restringida por su misma condición, no es posible que ésta sea matemática, precisa, inequívoca; pero tampoco puede serlo la emisión o construcción de sentido; los sujetos interactuantes se debaten entre la intención de emitir, lo emitido y la percibido por el receptor – o mejor perceptor-. Es un juego circular en cual se mueven las finas tensiones del sentido, la cultura, la historia, los intereses particulares, los ruidos, y claro, entre muchas otras condiciones, también las determinadas por las posibilidades que ofrece el medio. Este aspecto lejos de ser la limitación de la comunicación es su esencia. El caso de las organizaciones y los grupos humanos no se encuentra muy lejos de las condiciones hasta ahora expuestas, y es por eso que los elementos que hemos planteado pueden operar como descripción marco de una problemática de amplio espectro social con diferentes raíces que la concretan en terrenos como el abordado por la comunicación en las organizaciones. También en estos casos es preciso resaltar que el medio no puede ser el mensaje, que los medios no deberían actuar como dioses del olimpo, ni los comunicadores como semidioses o profetas. Un efecto pecera puede envolver la vida de la organización si los medios son más relevantes que la interacción entre las personas. La organización está llamada privilegiar los procesos de interacción, transacción y construcción colectiva de sentido. Por eso, los medios de la organización deben estar al servicio de las mediaciones, entendidas aquí, como movimiento y construcción colectiva, colegiada, que agencia procesos, significados y simbolizaciones, que encuentra los medios como indisolubles de los mensajes, pero como parte de la mencionada construcción colectiva de sentidos. La existencia, algunas veces desaforada, de medios en las organizaciones no sólo eleva los costos de los procesos administrativos de la comunicación, sino que la hace realmente más incompleta de lo que ya, humanamente, es. Esto se explica como la saturación de información, no siempre oportuna, importante o verás. Se genera la desorientación y, no pocas veces, la necesidad de desconexión por parte del sujeto. Siendo así, la proliferación de los medios en lugar de elevar los niveles de información, entendimiento, opinión, comprensión y participación, tiende a provocar en las personas la necesidad de desconectarse de un maremagnum de información que no siempre comprende, que cada vez se le hace más difícil de categorizar y que finalmente siente lejana a él mismo, como lejana terminará haciéndosele la organización a la cual pertenece. Tanto las organizaciones como la sociedad entera están llamadas a mirar con cautela esos extraños pero habituales fenómenos que se recogen en lo que Noelle-Neuman llamó la espiral del silencio. Esta teórica retomó las ideas de Tocqueville, quien en el siglo XVIII buscaba una explicación a la ausencia de defensores de la Iglesia Católica en Francia. Para Tocqueville, la gente “teme el asilamiento más que el error”. A partir de este postulado Noelle- Neuman explica que: “La descripción tocquevilliana de ‘la espiral del silencio’ era tan precisa como la de un botánico. Hoy se puede demostrar que, aunque la gente vea claramente que algo no es correcto, se mantendrá callada si la opinión pública (opiniones y conductas que pueden mostrarse en público sin temor al aislamiento) y por ello, el consenso sobre los que constituye el buen gusto y la opinión moralmente correcta, se manifiesta en contra”[3]. Con esto, buscamos plantear que el silencio frente a los medios de comunicación y las posiciones dominantes en la sociedad y en las organizaciones puede obedecer, no tanto a la legitimidad de los mismos y a la aceptación por parte de las personas, como a la necesidad de guardar silencio frente a la máquina de los medios de comunicación. Es posible que muchas personas prefieran aceptar la carga mediática, aun reconociendo en la organización una realidad la diferente a la entregada por sus medios. Tomando y parafraseando al profesor Barbero, necesitamos ir de los medios a las mediaciones en las organizaciones y los grupos humanos para alcanzar el encuentro comunicativo entre personas. Es preciso poner en marcha la comunicación fáctica que sin obviar los medios, se enfoque en más y mejores oportunidades para el encuentro humano. La organización puede y debe poner en marcha procesos simbólicos basados en la simplicidad de la interacción de las personas; más que a través de artilugios y complejos planes, esto se logra permitiendo que aflore la humanidad. Las organizaciones están llamadas a privilegiar la oralidad, el diálogo, la expresión, la puesta en común, las posiciones abiertas y francas, el acceso de las personas a los medios y el uso de los mismos como herramientas de todos antes que como centros de poder. Este texto no recoge un listado de acciones ni pasos a seguir, simplemente plantea una reflexión para la sociedad con aplicación en las organizaciones enfatizando en lo trivial que resulta el decir que somos un sociedad de medios para lanzar un grito de auxilio por la comunicación entre personas. Esta propuesta aboga por la identificación de un problema de investigación para que sea abordado con la seriedad y trascendencia que tiene en la sociedad, en las organizaciones y los grupos humanos. Finalmente, me permito plantear este problema como una preocupación del Grupo Corpus, en donde, lejos de considerar la trivialidad del asunto, hemos optado por asumir una posición crítica pero proactiva en el análisis de este asunto en las organizaciones. Esta es la mirada amplia que ahora empezamos a cerrar para ocuparnos de modo directo de la posible preponderancia de los medios sobre la comunicación fáctica en las organizaciones. De momento sólo podemos presentarles nuestras primeras reflexiones al respecto y esperamos que pronto estemos en capacidad de dar cuenta de los hallazgos.

BIBLIOGRAFÍA BARBERO, Jesús Martín. De los medios a las mediaciones. Convenio Andrés Bello. Bogotá. 2003. BERIÁN, Josetxo. Las consecuencias perversas de la modernidad. Compilador. Antrhopos. Barcelona. 1996. BRIGGS, Asa; BURKE, Peter. De Gutenberg a Internet. Una historia social de los medios de comunicación. Taurus. BUNGE, Mario. Teoría y Realidad. Ed. Ariel. Primera edición en Ariel. Primera edición en 1972. Barcelona. 1985. DE MORAGAS SPA, Miquel. Teorías de la Comunicación. Quinta edición. Ediciones Gustavo Gilli. México. 1991. DÍAZ BORDENAVE, Juan y MARTINS DE CARVALHO. Planificación y Comunicación. Ed. Don Bosco. Quito Ecuador. 1978. FISKE, John. Introducción al estudio de la Comunicación. Versión en español Ed. Norma. 1984. Colombia. LÓPEZ VENERONI, Felipe. La Ciencia de la Comunicación: método y objeto de estudio. Ed. Trillas. LUCAS MARÍN, Antonio. GARCÍA GALERA, Carmen. RUIZ SAN ROMAN, José Antonio. Sociología de la Comunicación. Editorial Trotta. Madrid 1999. MALETZKE, Gerhard. Psicología de la Comunicación. Editorial Época. Quito. 1976. MATTELART, Armand y Michelle. Historia de las teorías de la comunicación. Ed. Paidós. Primera edición 1997. Barcelona. MCQUAIL, Denis. WINDAHL, Sven. Modelos para el estudio de la comunicación colectiva. Ed. Universidad de Navarra. Pamplona. 1984 NOELLE – NEUMANN, Elisabeth. La Espiral del Silencio. Opinión Pública: nuestra piel social. Barcelona. 1995. PASCUALI, Antonio. Comunicación y Cultura de Masas. Monte Ávila Editores. Caracas. 1972. VÁSQUEZ MONTALBAN, Manuel. Historia y Comunicación Social. Mondadori. Barcelona. 2000. VERON, Eliseo. Construir el acontecimiento. Gedisa. Barcelona. 1995. WATZLAWICK, Paul; VEABIN, Janet H y JACKSON, Don D.; Teoría de la Comunicación Humana: interacciones, patologías y paradojas. Editorial Tiempo Contemporáneo. Buenos Aires. 1967. WOLF, Mauro. La investigación de la Comunicación de masas: crítica y perspectivas. Paidós. 1985. [1] Briggs, Asa; Burke, Peter. Op. Cit 134. [2] Castilla del Pino, Carlos. La incomunicación. Ediciones Península. Barcelona. 2001. [3] NOELLE – NEUMANN, Elisabeth. La Espiral del Silencio. Opinión Pública: nuestra piel social. Barcelona. 1995. Pág 14.

Mas medios que comunicacion. Enunciación de un problema III

La función metamediática o el nacimiento de los dioses del nuevo olimpo En la actualidad, ante la oferta, la penetración, el ritmo y el contenido de los medios, puede pensarse que los seres humanos nos encontramos más mediatizados que comunicados; tenemos más medios y tecnologías de comunicación que comunicación, es superior el caudal de datos que el nivel de encuentro; y los medios se han concentrado en una función metamediática, en la cual la razón de ser son los mass media mismos, incluso, y de modo muy relevante, cuando se trata de los medios de comunicación en los grupos, instituciones, comunidades y organizaciones. Estos se concentran en asegurar su propia subsistencia, su contenido primordial tiende a ser la producción de dichos medios y la generación de información sobre sus propios programas y secciones. Los medios, especialmente los masivos, de propiedad de los grandes aparatos económicos, tienden a informar sobre lo que pasa en los medios y a crear una realidad mediática. Luego, en segunda instancia, pueden responder al flujo de otros datos e informaciones de la cotidianidad social. Superados el tiempo y el espacio, pareciera que los “media” tratasen de superar al mensaje mismo y a los sujetos comunicantes necesitados de comunicación. Por supuesto que no se trata de un concepto dogmático ni de una realidad absoluta. No es ésta la única verdad de los mass media, y más bien, puede asumirse esta idea como una tendencia que abarca a un grupo considerable y altamente influyente de los medios masivos de comunicación. La resultante de esta situación es la replica de este proceso en las relaciones interpersonales, en la vida de los grupos, en los procesos organizacionales y en las tendencias del comportamiento social; los medios y tecnologías de comunicación suprimen, o por lo menos disminuyen radicalmente las distancias de tiempo y espacio; pero lo hacen a costa de amplias brechas relacionales entre los sujetos de la comunicación. La interacción tiende a reducirse a mínimas expresiones. La transacción de información a través de las tecnologías asegura el flujo de datos o elementos sin necesariamente relacionar a los sujetos en el nivel de la puesta en común. Los seres humanos, al depositar su confianza en la ciencia y la tecnología, se entregan a ésta como un nuevo dios que les ve donde quiera que estén, que tiene mil voces, todas las imágenes, las melodías y los lugares. En el caso de los medios, se trata de una entidad, o megaconjunto de entidades -omnisciente, omnipresente y casi omnipotente omnipotente- que pareciera estar en todas partes, saberlo todo, observarlo todo, y todo poderlo; que otorga a los hombres el sueño del flujo permanente de datos, a todas horas y en todas partes. Este dios no es menos implacable, vengativo, y estricto que otros de los cuales da cuenta la humanidad. Puede pensarse también que los medios actúan como el Oráculo de Delfos, y no hay salvación por fuera de ellos, aquello que digan, sus premoniciones, anuncios, advertencias y propuestas son las verdades que guiarán la existencia. Esta nueva deidad se vale de hombres y mujeres que le representan y son su rostro, su posibilidad multifacetica para aparecer en las pantallas. Intermediarios y presentadores de esa realidad cotidiana que da la vuelta al globo y todos deben conocer. No se le refuta a este dios, no se duda de él de ni de aquello que dice, no se cuestiona su voz, o los rostros que asume, es impensable que mienta. Esta divinidad ha depositado su confianza en la capacidad de los mismos seres humanos para materializarse; y por tanto, a éstos se les debe adular y adorar, aplaudir y amar. Es preciso sufrir por ellos, dolerse de sus dolores, angustiarse con sus angustias. Los súbditos espectadores quieren saber cada día de la vida los famosos, los representantes del dios de los medios, o dios medio, (Me- dios) sobre la tierra. Sus profetas son aquellos corderos que prestan su rostro en las pantallas para que este dios pueda hablarle a la sociedad de los acontecimientos y pseudo acontecimientos de la tierra y fuera de ella. Lo mismo empieza a suceder con los medios de comunicación al servicio de comunidades, organizaciones, empresas instituciones, tratan de imitar con su bombardeo cosificador a los medios masivos, con lo cual, la realidad de estos conjuntos organizados de personas se ve también condicionada por dichos medios. Aun así, algunos pocos se atreven a dudar de la información de los medios, a cuestionarlos, a requerirles explicaciones para la sociedad -más allá de su poderosa capacidad de decisión al lado de los grupos económicos y políticos-, a exigirles correcciones o a negarse a aparecer en ellos según sus condiciones: por supuesto que esto no es aceptable a los ojos de este dios y por tanto, su ira se expresa sobre estos pocos desadaptados u ovejas parcial y temporalmente fuera del redil. Es claro que, como ocurriera en el panteón de Zeus, la divinidad es un conjunto de intereses y egos en pugna, mas que un dios único. Y parece ser igualmente cierto que cuando se hace referencia a los medios y tecnologías de comunicación e información se habla del imperio de humanos endiosados; pero el dios medio es mucho más que los seres humanos a través de los cuales se personifica, es una red, una nebulosa, una extraña nueva entidad que vorazmente absorbe voluntades y mentes, incluso, las de los propietarios de los medios. Estos, que creen dominar su medio, o algunos medios, terminan finalmente dominados por la masa informe de la red de medios nacida para dominar las masas, incluso a los propietarios de los medios. Tecnología y energía son fuerzas más fuertes que los seres humanos que las manipulan y a los cuales logra someter gracias a su propia genuflexión. Esta nebulosa de medios se convierte en una especie de monstruo, etéreo, que domina a sus propios creadores, estos morirán más tarde o temprano, pero los medios que crearon seguirán allí existiendo en la manipulación consumista de algunos de turno. Lo que debió ser un logro científico de la humanidad se está convirtiendo en un monstruo, tal cual como sucedió con el personaje creado un noche de rayos y centellas de 1818 por Mary Sheley: Frenkestein. La seducción de las masas es un vacío sin fondo, una dimensión desconocida. Un ejemplo, manido quizás, se presenta cuando el televisor concentra la atención de diferentes personas que en muchos casos prefieren no hablar. El medio puede ser usado como excusa para no interactuar, para no dialogar, para no responder. Muchas veces es más fácil estar ocupado frente a la pantalla que enfrentar las diferencias con el otro o escuchar sus problemas, o hablar de los de ambos. Otro caso se presenta cuando en una casa hay varios televisores, puede verse a menudo a los diferentes miembros de una familia, cada uno en un cuarto, frente a un televisor, y cada uno viendo, básicamente, el mismo programa que sus hermanos o hijos. Procesos similares se repiten en las organizaciones con los diferentes canales, periódicos, boletines, pantallas de información, televisores en corredores y restaurantes, computadores, entre otros. El problema en cuestión no es el medio, ni su capacidad de seducción; es la sobreoferta de medios frente a la oferta de espacios y posibilidades para la comunicación entre las personas. Es la manipulación oscura de los mensajes para la supremacía de medio como vehículo de comercio y consumismo sobre las posibilidades de encuentro entre seres humanos. Pareciera que lentamente el ser humano entrega su voluntad a los contenidos de los mass media, pero sólo en función del fortalecimiento de los media. Esto se explica porque la estructura de los medios y su oferta son pensadas por otros seres humanos desde las técnicas que buscan el menor rechazo posible. Por mucho que se insista en los nuevos modelos de comunicación resulta imposible negar la primacía actual de los ejercicios de tipo Aguja Hipodérmica, en los cuales, como explica Mauro Wolf, cada miembro de la audiencia debe ser personal y particularmente afectado por el mensaje. Pero además, este tipo de manejo de los medios suele ir acompañado de aquellos inspirados por corrientes conductistas que retomaron el “ello” freudiano para otorgar a los medios las herramientas que urgan y despiertan continuamente las pulsiones y los deseos más profundos del perceptor. Elevar el “rating” exige eliminar barreras, por lo tanto, el observador debe entrar en un letargo, una especie de adormecimiento del que no debe despertar pues cambiaría de canal, de medio, o se marcharía, y eso, esencialmente, cuesta dinero: un problema de fondo en todo este embrollo. Esto implica aislamiento de las otras personas para mantener la concentración en el medio y su oferta. Los medios de comunicación desarrollan algunas estrategias que les permiten consolidar su proyecto de supremacía. De una parte, el mensaje se encuentra no sólo supeditado al medio, sino también en segundo plano. Generalmente no importa qué se diga, importa que se diga algo. De otra parte, al oferta de de datos debe ser continua, permanente, rápida, fragmentada, envolvente; el perceptor no se puede desconcentrar. Es preciso mantener la atención, no importa que se actúe en detrimento de las capacidades y posibilidades de análisis y crítica, no son necesarias… realmente son molestas. Los espacios de comunicación, en los medios masivos y colectivos –incluso los organizacionales o particulares, y muchas veces lo alternativos- han replanteado la perspectiva de sus funciones sustantivas. Antaño se decía que los medios debían informar, formar y recrear. Plantear una nueva perspectiva de estos postulados puede resultar alentador si se opera en busca del desarrollo, la humanización y la optimización de las posibilidades tecnológicas. Sin embargo, parece que no ha sido en este sentido que se efectuado tal replanteamiento; más bien parece que es una función comercial la que ha entrado a determinar el modo como los medios modelan la realidad e impactan la sociedad. De este modo, el primer deber de los medios es el consumo y con éste su propia consolidación. En consecuencia la programación de los medios, sus espacios, columnas, secciones, franjas, horarios, son estructurados en relación con sus objetivos y sus finalidades. Por eso se desdibujan los límites entre esos programas y secciones; entre sus comerciales y su información; entre la opinión y el drama; entre la puesta en escena y la puesta en la vitrina; entre las miradas a la realidad y las realidades construidas para ser miradas. El espectador de hoy no sabe muy bien dónde empieza un tema y dónde termina otro; dónde concluye el editorial y empieza la venta, o dónde acaba la noticia para dar paso a la propaganda política; sólo así permanecerá en sintonía gracias a una cadena de edición y emisión hecha para tenerlo ahí, sentado, nublando su memoria, atendiendo órdenes de consumo y olvidándose de que un día se pudo comunicar con otros. Además se encuentra el simulacro del feed back, aquella ilusión que nos hace pensar que una llamada, la respuesta a una encuesta con un certero sí o no, o la marcación de un número telefónico que expresa una posición a favor o en contra de un postulado ambiguo, nos pone en situación de retroalimentación efectiva con los medios, por lo menos eso creen en los cadenas de radio y televisión. El papel de los medios ya no parece ser el de acercar a personas que se encuentran separadas; más bien parece ser el acercarlas a los productos por lo cuales pueden pagar; o mantenerlas frente a los medios mismos, que ya de por sí representan un consumo y dicho consumo genera dividendos. La primacía del medio parece atentar contra la calidad del mensaje, pero peor aun, contra los sujetos de la comunicación. Al sobrevalorar el medio, el contenido queda en segundo plano y el estatus de los comunicantes/comunicados se sumerge en un oscuro vacío contra la humanidad, que está, por excelencia, dotada-necesitada de la capacidad de comunicarse. El medio bombardea de información constructora de una hegemonía de los medios con lo cual genera una especie de pérdida de de memoria de los perceptores, presos en la envolvente de la saturación de datos. Se pierde la memoria de lo vivido, de lo por vivir, de la interacción y se vive en un caudal de datos muchas veces sin sentido. Entonces el panorama de los sujetos se convierte en uno similar al de Giambattista Bodoni, personaje de la novela de Eco, que ha perdido su memoria cercana, la de lo vivido, la de su propia experiencia; y en cambio conserva con inagotable y asombrosa frescura su memoria enciclopédica. Hoy podemos recordar los detalles más triviales del acontecer mediático y fácilmente nos olvidamos de los hechos concretos de nuestra propia historia y de nuestra propia vida.

Más medios que comunicación. Enunciación de un problema II

Superar el tiempo y la distancia
El progreso de los medios y las tecnologías de comunicación, por lo menos como mass media, se encuentra ligado, en primer momento, a la necesidad de superar las distancias y el tiempo en la búsqueda del encuentro entre sujetos. Según esto, podría asumirse que el desarrollo de la comunicación actual encuentra sus orígenes al lado del transporte. La historia y la literatura dan cuenta de múltiples facetas de este proceso. Puede citarse a Manuel Vásquez Montalban cuando plantea que “El lenguaje y la escritura se presentan como primitivos instrumentos de comunicación oral y escrita supeditados a las limitaciones de espacio y lugar y a su transmisión a través de la distancia entre el emisor y el receptor”[1]. El mismo autor explica cómo la concepción de los medios de comunicación masas (mass communications) pertenece a la comunicación social moderna y se concreta con la existencia de lo que llama auténticos medios de comunicación y auténticas masas intercomunicadas, estadio que se alcanza sólo con la imprenta de Gutemberg en el siglo XV y el desarrollo del comercio y el correo coincidentes con la expansión de la burguesía comercial renacentista. Asa Briggs y Peter Burke, en su libro “De Gutenberg a Internet. Una historia social de los medios de comunicación”, también dan cuenta de esta idea cuando explican que: “Los flujos de información siguieron tradicionalmente los flujos de comercio, pues los mercaderes llevaban noticias junto con las mercancías por mar y por tierra. La imprenta misma se había expandido en Europa por el Rin, desde la Maguncia de Gutemberg a Fránkfort, Estrasburgo y Basilea. En los siglos XVI, XVII y XVIII, los mensajes en papel siguieron la ruta de la plata desde México o Perú al Viejo Mundo, o la ruta del azúcar desde el Caribe a Londres. Lo nuevo de los siglos XVI y XVII es la evidencia de una conciencia cada vez mayor de los problemas de la comunicación física. El entusiasmo de los humanistas del Renacimiento por la Roma antigua comprendía el interés por los caminos romanos…”[2]. Parece claro que el desarrollo de la comunicación se encuentra unido a las necesidades de vencer las barreras de tiempo y espacio en el interés y la necesidad de la interacción entre personas y comunidades. En la antigüedad dicha comunicación estuvo particularmente ligada al cambio de mercancías y a la búsqueda de materias primas que movilizó a los pueblos más antiguos. Bien dice Vásquez Montalbán que: “Las rutas comerciales y de expansión imperial depredatoria de la Antigüedad fueron auténticos canales informativos, lentos y precarios que abastecieron a los hombres de un conocimiento aproximado de los límites del mundo y de las tentaciones de los ‘otros’ considerados desde cada especial etnocentría”[3]. Lejos de hacer un riguroso recuento histórico, estas citas pretenden ejemplificar los postulados en torno a lo que podríamos denominar los referentes antiguos de los actuales medios de comunicación para enfatizar el desarrollo de los medios de comunicación como búsqueda de acercamiento para la interacción entre personas. Si de una parte puede decirse que los medios de comunicación se derivan del comercio y los imperios también es cierto que esos aspectos tuvieron un antes y un después. De un parte habría que nombrar los principios mismos de la escritura, las imágenes en Lascaux 20.000 años antes de nuestra Era, los Calculi o tablillas grabadas del Neolítico, los adelantos con los signos y los símbolos logrados por esas culturas ubicadas entre los ríos Tigres y Eufrates que dieron el nacimiento a la escritura en la Antigua Mesopotamia, los pictogramas primitivos cercanos a los 3.000 años a.C., y por supuesto el caso decisivo de hacer coincidir por primera vez los signos con la lengua hablada en los jeroglíficos. Incluso dicen algunos historiadores que fueron realmente los sumerios, acadios, babilónicos y asirios quienes inventaron el correo después de desarrollar la escritura. Es preciso dar cuenta aquí de los ritos de las culturas más antiguas, de los imagos egipcios, las tradiciones orales, las representaciones cosmogónicas y religiosas, todo tipo de guerras y sus armas, la familia, las tradiciones de los clanes y tribus antiguas, en fin cualquier cantidad y tipo de esfuerzos humano por su propia interacción para la supervivencia y el desarrollo que en los años más remotos dieron cimiento a los medios de comunicación. De otra parte se encuentra la larga cadena de acontecimientos susbsiguientes a la imprenta de Gutemberg, incluyendo los que inmediatamente le antecedieron y prepararon el camino. Sólo para dejar planteados algunos aspectos es necesario enunciar cómo el año de 1490 representa uno de los momentos más relevantes para el desarrollo de las tecnologías de comunicación, pues al parecer fue en ese año que Johan Gutenberg de Maguncia inventó la prensa de tipos metálicos móviles para imprimir. Aunque dicen los teóricos que en China y Japón se imprimía desde el siglo VIII o aun antes con un sistema de bloques de madera tallados que imprimían una sola página. Mencionemos también los altares de las iglesias medievales que se convirtieron en poderoso medio de comunicación, opinión e institucionalización, aunque eran superados por el púlpito que era realmente el centro de dichas iglesias. Además están las academias que funcionaban mediante conferencias, debates formales o disputas, buscando alentar las capacidades lógicas, orales, argumentativas, eran ejercicios de la valorada retórica, y por ende, trascendente recurso hacia el desarrollo de los medios de comunicación y de la comunicación humana; aunque con el avance de las tecnologías serían justamente ese tipo de competencias comunicativas las que empezarían de debilitarse en las personas. Otra de las huellas históricas de la comunicación es sin lugar a dudas la conocida como la gran era de la construcción de ferrocarriles en Estados Unidos entre 1868 y el final de siglo. Según Briggs y Burke en 1865 había en ese país alrededor de 56.000 kilómetros de vía que a mediados de la década siguiente llegaba a 320 kilómetros.[4] En 1876 Alexander Graham Bell patentó su teléfono y lo presentó en la Gran Exposición del Centenario en Filadelfia. La palabra ‘teléfono’, al parecer, se utilizó por primera vez para un medio de comunicación totalmente acústico en 1796. Luego vendrían la radio, el cine, la televisión, el video, los satélites, la Internet, es decir, la carga de tecnologías con las cuales contamos actualmente. El desarrollo de los medios masivos de comunicación ha sido un complejo entramado en el desarrollo de la humanidad. Son las diferentes esferas del progreso humano las que interactúan para dar nacimiento y constante transformación a los medios. Éstos se convierten unos a otros en respuesta a necesidades de los seres sociales pero al mismo tiempo son la puerta de entrada a la creación de nuevas necesidades, a la generación de nuevos medios y ante todo, al desarrollo incremental de los existentes. Explican Briggs y Burke que “Si bien para una mirada retrospectiva el ferrocarril – seguido de las bicicletas, los automóviles y los aviones- parece pertenecer a la historia del transporte, y la telegrafía – seguida de la radio y la televisión- a la historia de los medios, toda separación entre ellos es artificial”[5]. La pregunta meridiana se genera cuando se hace preciso repensar los medios y su influencia de la mano de los diferentes procesos sociales, en la actualidad los medios cumplen muchas funciones que sobrepasan la básica necesidad de superar distancia y tiempo a favor de la interacción. Por eso se hace preciso cuestionar a los medios mismos, preguntar por los mensajes y los contenidos, auscultar el papel real de las personas intercomunicadas o en interacción, identificar la efectiva trascendencia de las construcciones simbólicas, indagar por los procesos; es decir, una comunicación en la cual no sólo importa la emisión final, sino que requiere y valora el encuentro para hacer, el intercambio y la construcción colectiva de sentidos, la comprensión y más que ésta la comunión. [1] Vásquez Montalbán, Manuel. Historia y Comunicación Social. Mondadori. Barcelona. 2000. Pág 11. [2] Briggs, Asa; Burke, Peter. De Gutenberg a Internet. Una historia social de los medios de comunicación. Taurus. Madrid. 2002. Pág 35. [3] Vásquez Montalbán, Manuel. Op. Cit. Pág 17. [4] Briggs, Asa; Burke, Peter. Op. Cit. Pág 140. [5] Ibid. Pág 155.

Más medios que comunicación. Enunciación de un problema I


Actualmente tenemos más medios de comunicación e información, dígase aparatos, que procesos sociales de comunicación. Contamos con más artilugios e infraestructura telemática que espacios y procesos para la comprensión y el entendimiento. Son más las tecnologías que la interacción. En nuestras sociedades la mediación se ha visto relegada por la intermediación tecnológica -que no siempre se convierte en comunicación- y la comunicación, se desvanece ante el arrasador paso de la información masiva. El medio que apareció para acercar, conectar, “comunicar”, también aleja y distancia. El puente puede ser el espacio a recorrer para que dos personas se encuentren; pero, en otra perspectiva, puede ser aquello que los separa. El medio que une a dos, puede separarlos y además, distanciarlos irremediablemente de otros con los cuales también podrían y querrían interactuar. La mediación, la verdadera mediación, ha sido herida de muerte por el medio mismo. Estamos más mediatizados que comunicados. Este pretende ser el enunciado de un problema a investigar, no un aporte a la discusión entre apocalípticos e integrados; menos aun, una diatriba contra la tecnología o los medios; más bien es un llamado a construir la comunicación que la sociedad necesita, que los seres humanos buscamos y nos es esencialmente inherente, y que por supuesto, la tecnología puede contribuir a desarrollar. Sin embargo, debemos expresar, inicialmente, cómo los medios han adquirido una preponderancia tal que en la manipulación de sus contenidos es la comunicación misma la condenada al vacío. Las tecnologías de comunicación han alcanzado una relevancia que menoscaba la comunicación como proceso y posibilidad humana. Citemos a Jesús Martín Barbero cuando en el prefacio a la quinta edición de su texto “De los medios a las mediaciones” dice: “La centralidad indudable que hoy ocupan los medios resulta desproporcionada y paradójica en países con necesidades básicas insatisfechas en el orden de la educación o la salud como los nuestros, y en los que el crecimiento de la desigualdad atomiza nuestras sociedades deteriorando los dispositivos de comunicación, esto es cohesión política y cultural”[1]. Una persona cualquiera, de una ciudad cualquiera de Colombia – o del mundo- y en un día cualquiera de su vida, se relaciona con otras personas y grupos sociales como parte de una realidad condicionada por las tecnologías de comunicación e información y por los llamados medios masivos de comunicación con la carga de sonidos e imágenes que son propios de los mismos. Esto no solo resulta evidente para el lector; sino que además puede parecer trivial. Es justamente dicha trivialidad el objeto del presente texto. Claro está, tal planteamiento resulta contradictorio con la percepción generada por el nivel de aparatos y medios tecnológicos al servicio de la optimización de dicha comunicación; pero que los primeros se usen no implica que aquella se establezca. El planteamiento central de este texto no va más allá de algunos análisis ya desarrollados por diferentes teóricos –con diferentes posturas, intenciones o abordajes- que han reflexionado sobre el asunto[2]. Aun así, la intención expresa del presente trabajo radica en repensar el acostumbramiento del ser social a los medios masivos y a las tecnologías de comunicación sin percatarse, o incluso, negándose a comprender, su real trascendencia. Si de una parte se acude a un enfoque socialmente amplio, de otra se quiere hacer anclaje en la perspectiva de la comunicación en las organizaciones como un campo de evidencia de este problema. En esta perspectiva podemos plantear que en nuestro tiempo el ser social, dentro y fuera de las organizaciones, vive en una esfera de medios y sufre la incomunicación generada por los mismos. Como es evidente que los seres humanos nos relacionamos bajo las condiciones de las mencionadas tecnologías, pareciera que ignoramos las distancias, ruidos, barreras, desenfoques, alejamientos, ocultamientos, inconexiones, separamientos, incomprensiones, incompatibilidades, e imposibilidades de comunicación que los mismos medios y tecnologías generan, y muchas veces obligan, entre los seres humanos. Puede colegirse, entonces, que actualmente y en concordancia con su momento histórico, los seres humanos encuentran normal el acervo de tecnologías y medios masivos de comunicación a su servicio, y por ende, encuentran trivial un planteamiento que afirme la relación entre personas y grupos sociales como parte de una realidad condicionada por las tecnologías de comunicación e información y por los llamados medios masivos de comunicación. “¡Claro¡ ¡Pues sí¡ Obvio que estamos condicionados por los medios. ¡Trivial! Es propio de nuestro tiempo. ¿Cómo vivir sin ellos? ¡Por supuesto, este es un mundo de medios de comunicación!” Y sí… puede serlo, y debe serlo, aceptado, pero además, el nuestro, puede y debe ser un mundo de comunicación entre personas, donde el medio cumpla su función mediadora y acerque en lugar de separar, genere interacciones y transacciones en lugar de tender barreras y generar ruidos casi infranqueables. La historia da cuenta de infinidad de enfrentamientos por causas de la tecnología y la ciencia. Siempre encontraremos posturas a favor y en contra de su aporte al desarrollo humano. Sólo a modo de anécdota, es bueno recordar la posición de Platón sobre la escritura. Quién desconoce hoy los aportes de Platón al conocimiento, y los de su maestro, y quién olvida que han llegado a nosotros a través de la escritura; pero el mismo Platón encontraba la tecnología escritural como posibilidad contraproducente para el hombre y su capacidad de memorizar; al contar con ésta ya no habría que memorizar nada… El caudal de tecnologías de comunicación es un río de hondo calado. La oferta de herramientas para acercar a los individuos y a los grupos humanos es hoy tan basta como científicamente construida. Para efectos de delimitación de este ensayo, y en aras de la gobernabilidad del tema, resulta recomendable asumir solo un segmento de las mencionadas tecnologías y/o medios. Se asumen, pues, los medios de comunicación colectiva o de masas. Se asumirá, también, su uso en grupos, organizaciones y diferentes colectividades. Siendo así, al abordarse los medios, en adelante, debe entenderse la referencia a radio, cine, televisión, periódicos e Internet. Igualmente a sus derivaciones directas como carteleras, material publicitario, vallas, afiches, plegables, volantes, videos. Es el momento de dejar atrás otras tecnologías como celulares o los localizadores, no sin antes decir que son portadores del mismo virus. Incluso, en el caso de las llamadas TICS es preciso ser cuidadosos puesto que sus procesos mediadores y de interactividad dan cuenta de nuevas tendencias que es preciso abordar de modo específico y analizar con otros filtros.




[1] Barbero, Jesús Martín. De los medios a las mediaciones. Convenio Andrés Bello. Bogotá. 2003. Prefacio. Pág xii.

[2] Esto no quiere decir que sus tesis o posturas concuerden exactamente con las del presente trabajo. Tampoco que su abordaje del problema sea el mismo. Se quiere dejar claridad expresa de que las consideraciones de este texto tienen cimiento en diferentes y amplios trabajos que de un modo u otro le dan elementos de apoyo o contrapunto.


Modelos de Osgood y Schramm

En su modelo de 1954, Osgood y Schramm postularon su idea de la circularidad de la comunicación. Estos autores expresan que no puede comprenderse la comunicación como si comenzara en un lugar y terminara en otro. Esta proposición llevó a comprender la comunicación como un proceso no lineal, a diferencia de la propuesta de Shannon y Weaver, criticada justamente por esto. Osgood y Schramm centran su atención en la conducta de los actores pero no diferencian sus funciones; por el contrario, plantean que las partes del proceso son iguales y realizan funciones idénticas: la codificación, la decodificación y la interpretación. La acción codificadora equivale a la transmisión y la decodificadora a la recepción; mientras que la interpretación la realizan tanto emisor como receptor. Los autores suponen que la comunicación colectiva es menos circular que la interpersonal y que su debilidad se encuentra en la relativa dificultad del feedback. Las empresas informativas deducen que la inconformidad del público se expresa en cambiar el canal o en dejar de comprar el periódico o medio impreso. Según este modelo, el medio o empresa informativa realiza las mismas funciones comunicativas de los sujetos: codificar, interpretar, decodificar, las que, su vez, se conforman de varios subprocesos complejos, por tratarse de la integración de funciones de personas diferentes. Estas funciones son realizadas por los periodistas o redactores que, según la escala de decisión, determinarán finalmente lo que se publica. La audiencia está conformada por individuos que pertenecen a grupos primarios o secundarios, lo que, a su vez, según su interés, los convierte en multiplicadores de la información recibida de los medios. Desde esta perspectiva, la información de los medios produce sus efectos más importantes a través de los individuos multiplicadores y su influencia personal en los grupos.

Modelo Sociológico de Pascuali

Antonio Pascuali plantea la relación entre información, comunicación y conocimiento. Para este investigador se entiende por relación comunicacional “aquella que produce (y al mismo tiempo supone) una interacción biunívoca del tipo de saber, el cual solamente es posible cuando entre los dos polos de la estructura relacional (transmisor— receptor) funciona una ley de bivalencia. Todo transmisor puede ser receptor; todo receptor puede transmisor”[1].

Este modelo de perspectiva socio—psicológica diferencia las relaciones de información y las relaciones de conocimiento, de las que el autor denomina relaciones de comunicación. Pascuali propone un coeficiente de comunicabilidad que permita distinguir entre comunicación e información. Dicho coeficiente se fundamenta en una tipificación y cuantificación de la carga transmisor—receptor. En esta perspectiva, la comunicación es “el intercambio de mensajes con posibilidades de retorno no mecánico entre polos dotados del máximo coeficiente de comunicabilidad[2]. Por información se entendería la “relación que se establece entre polos con bajo coeficiente de comunicabilidad”[3]. La comunicabilidad, entonces, está dada fundamentalmente por la posibilidad de retorno.

Al referirse a la relación de conocimiento Pascuali asume que el transmisor es la persona que conoce. Explica el autor cómo, en una relación de conocimiento, aunque no se presente un proceso de bipolaridad intercomunicacional, el sujeto cognoscente no deja actuar y, por el contrario, desde su propio pensamiento se acerca el objeto que pretende conocer.




[1] Pascuali, Antonio. Citado por Bordenave y Martins. Op. Cit. pág 80). De modo directo puede verse también el libro: Pascuali, Antonio. Comunicación y cultura de masas. Monte Avila Editores. Caracas. 1972.

[2] Ibid.


[3] Ibid.


Watzlawick, Beavin, Jackson de la pragmática de la comunicación

En 1967, Paul Watzlawick, Janet Helmick Beavin y Don D. Jackson presentaron su libro Teoría de la Comunicación Humana: Interacciones, patologías y paradojas. Para los autores, su propuesta se enfoca en los efectos pragmáticos (en la conducta) de la comunicación humana. Según ellos resulta obvio que “desde el comienzo de su existencia, un ser humano participa en el complejo proceso de adquirir las reglas de la comunicación, ignorando casi por completo en qué consiste ese conjunto de reglas, ese calculus de la comunicación humana”[1]. Desde allí, se proponen presentar un modelo que explique tal proceso.

Los teóricos sugieren dividir el estudio de la comunicación humana en tres áreas: sintáctica, semántica y pragmática. La primera se ocupa de los problemas relativos a transmitir información y, por tanto, se centra en elementos de codificación, canales, capacidad, ruido, redundancia y otras propiedades estadísticas del lenguaje. La segunda se ocupa del significado, ya que todo intercambio de información supone una convención

semántica entre quienes la comparten. La tercera, la pragmática se ocupa del efecto de la comunicación en la conducta. Watzlawick, Beavin, Jackson (Seguidores de la escuela de Bateson) reconocen la independencia de cada una de estas áreas de estudio desde la lógica matemática, la filosofía y la psicología respectivamente, pero afirman que prefieren comprenderlas como interdependientes para el análisis de la comunicación. Desde esta claridad se ocupan de la pragmática de la perspectiva según la cual “toda conducta y no sólo el habla, es comunicación, y toda comunicación, incluso los indicios comunicacionales de contextos impersonales, afectan la conducta”[2]. Además, explican afirman que no solo les el efecto de una comunicación sobre el receptor, sino también –por considerarlo como algo inseparablemente ligado- el efecto que la reacción del receptor tiene sobre el emisor y dicen: “Así preferiríamos ocuparnos menos de las relaciones emisor-signo o receptor-signo y más de la relación emisor-receptor, que se establece por medio de la comunicación”[3].

De este modo, los autores dan cuenta de una serie de elementos constitutivos de la mencionada relación emisor- receptor desde su perspectiva de estudio. Es preciso, por demás, hacer claridad en que los investigadores buscan hacer aportes de modo específico a la comprensión de la comunicación en casos de trastorno de la conducta; pero los elementos en referencia se han convertido en soporte general para la comprensión de la comunicación.

Noción de función y relación: las variables obtienen su significado en su relación mutua lo cual constituye el concepto de función. Los seres humanos perciben relaciones y pautas de relaciones con las cuales, en esencia, se constituye la experiencia. Así, la esencia de nuestras percepciones no son cosas sino funciones y éstas no constituyen magnitudes aisladas sino signos que representan una conexión una infinidad de posiciones posibles de carácter similar.

Información y retroalimentación: la retroalimentación puede ser positiva o negativa. La negativa caracteriza la homeostasis (estado constante) por lo cual desempeña un papel importante en el logro y mantenimiento de la estabilidad de relaciones. La positiva lleva al cambio, o sea a la pérdida de estabilidad o de equilibrio.

Redundancia: la redundancia pragmática se presenta cuando se cuenta con un monto elevado de conocimientos para evaluar, modificar y predecir la conducta.

Metacomunicación y el concepto de cálculo: la metacomunicación se presenta al dejar de utilizar la comunicación para comunicarse y la usa para comunicar algo acerca de la comunicación misma.

Partiendo de estos elementos Watzlawick y sus compañeros pasan luego a plantear los que denominan axiomas exploratorios de la comunicación, y entre los cuales se encuentran: La imposibilidad de no comunicar, Los niveles de contenido y relaciones de la comunicación, La puntuación de la secuencia de los hechos, La comunicación digital y analógica, La interacción simétrica y complementaria. A partir de estos axiomas, en el desarrollo de la comunicación, se desencadenan ciertas patologías en como: el rechazo de la comunicación, la aceptación, la descalificación, la confirmación, la desconfirmación y la impenetrabilidad.





[1] WATZLAWICK, Paul; VEABIN, Janet H y JACKSON, Don D.; Teoría de la Comunicación Humana: interacciones, patologías y paradojas. Editorial Tiempo Contemporáneo. Buenos Aires. 1967. Pág 17.

[2] Ibid. WATZLAWICK, Paul; VEABIN, Janet H y JACKSON, Don D.Op. Cit. Pág 24.


[3] Ibid.


Modelo de Ruesch y Bateson

Modelo de Ruesch y Bateson

El modelo funcional de Ruesch y Bateson explica las relaciones entre dos o más personas considerando sus factores personales. Este planteamiento está encaminado, básicamente, a explicar cómo las anormalidades de conducta pueden considerarse disturbios en la comunicación.

Esta propuesta considera cuatro niveles de comunicación denominados: comunicación intrapersonal, interpersonal, grupal y cultural. A su vez, en cada nivel se presenta una serie de criterios para analizar la comunicación. Estos criterios son: origen del mensaje, transmisor, canales, receptor y destino del mensaje.

Según Ruesch y Bateson “Tradicionalmente la teoría científica distingue entre lo que se supone que existe en la realidad y aquello que realmente percibe el ser humano. Las diferencias entre lo que se supone real y la realidad percibida se explican atribuyéndolas a las peculiaridades y limitaciones del observador humano. En el estudio de la comunicación es difícil, sino imposible, distinguir entre lo dado por supuesto y lo realmente percibido”[1]. Partiendo de estas ideas los teóricos afirman que la único método que poseen para inferir la existencia del mundo real, es comparar la visión de un observador con las de otros observadores. Para exponer y graficar su modelo, los autores suponen un actor extra-humano que pudiera determinar las observaciones humanas sobre la realidad. Éste podría dar cuenta de un esquema sobre dichas percepciones: “Al construir este esquema se supone que el observador humano puede centrase en los distintos aspectos de la comunicación, muy ampliados, pero que su aparato perceptual se mantendrá siempre igual. Esto puede relacionarse, por analogía, con el campo de visión que se observa cuando miramos a través de un microscopio. Según sea la ampliación que se utilice estará más o menos detallado, y en la medida en que se aumente la amplificación decrecerá el área de campo. En forma semejante, cuando un observador humano estudia la comunicación, tan sólo puede tener un campo determinado en cada momento. Según se centre en entidades pequeñas o grandes verá las funciones más o menos detalladas. De ello se deduce que los procesos de recepción, evaluación y transmisión pueden ser observados a niveles de organización personal, intrapersonal, de grupo y cultural”[2].

En el esquema, los autores representan los procesos como un cono. En el nivel intrapersonal, la visión del observador está limitada por sí misma y las funciones de comunicación se encuentran dentro de él. En el nivel interpersonal el campo perceptual es ocupado por dos personas y en el nivel grupal por varias o muchas mientras que en el nivel cultural por muchos grupos: “Concomitantemente, en cada uno de esos campos disminuye la importancia del solo individuo y en los niveles más altos una persona pasa a ser tan sólo un pequeño elemento dentro del sistema de comunicación”[3].




[1] RUESCH, Jurgen; BATESON, Gregory. Comunicación. La Matriz Social de la Psiquiatria. Paidós. Buenos Aires.1965. Pág 226.

[2] Ibid. Pág 227.

[3] Ibid. RUESCH, Jurgen; BATESON, Gregory. Op. Cit. Pág 228.