La función metamediática o el nacimiento de los dioses del nuevo olimpo En la actualidad, ante la oferta, la penetración, el ritmo y el contenido de los medios, puede pensarse que los seres humanos nos encontramos más mediatizados que comunicados; tenemos más medios y tecnologías de comunicación que comunicación, es superior el caudal de datos que el nivel de encuentro; y los medios se han concentrado en una función metamediática, en la cual la razón de ser son los mass media mismos, incluso, y de modo muy relevante, cuando se trata de los medios de comunicación en los grupos, instituciones, comunidades y organizaciones. Estos se concentran en asegurar su propia subsistencia, su contenido primordial tiende a ser la producción de dichos medios y la generación de información sobre sus propios programas y secciones. Los medios, especialmente los masivos, de propiedad de los grandes aparatos económicos, tienden a informar sobre lo que pasa en los medios y a crear una realidad mediática. Luego, en segunda instancia, pueden responder al flujo de otros datos e informaciones de la cotidianidad social. Superados el tiempo y el espacio, pareciera que los “media” tratasen de superar al mensaje mismo y a los sujetos comunicantes necesitados de comunicación. Por supuesto que no se trata de un concepto dogmático ni de una realidad absoluta. No es ésta la única verdad de los mass media, y más bien, puede asumirse esta idea como una tendencia que abarca a un grupo considerable y altamente influyente de los medios masivos de comunicación. La resultante de esta situación es la replica de este proceso en las relaciones interpersonales, en la vida de los grupos, en los procesos organizacionales y en las tendencias del comportamiento social; los medios y tecnologías de comunicación suprimen, o por lo menos disminuyen radicalmente las distancias de tiempo y espacio; pero lo hacen a costa de amplias brechas relacionales entre los sujetos de la comunicación. La interacción tiende a reducirse a mínimas expresiones. La transacción de información a través de las tecnologías asegura el flujo de datos o elementos sin necesariamente relacionar a los sujetos en el nivel de la puesta en común. Los seres humanos, al depositar su confianza en la ciencia y la tecnología, se entregan a ésta como un nuevo dios que les ve donde quiera que estén, que tiene mil voces, todas las imágenes, las melodías y los lugares. En el caso de los medios, se trata de una entidad, o megaconjunto de entidades -omnisciente, omnipresente y casi omnipotente omnipotente- que pareciera estar en todas partes, saberlo todo, observarlo todo, y todo poderlo; que otorga a los hombres el sueño del flujo permanente de datos, a todas horas y en todas partes. Este dios no es menos implacable, vengativo, y estricto que otros de los cuales da cuenta la humanidad. Puede pensarse también que los medios actúan como el Oráculo de Delfos, y no hay salvación por fuera de ellos, aquello que digan, sus premoniciones, anuncios, advertencias y propuestas son las verdades que guiarán la existencia. Esta nueva deidad se vale de hombres y mujeres que le representan y son su rostro, su posibilidad multifacetica para aparecer en las pantallas. Intermediarios y presentadores de esa realidad cotidiana que da la vuelta al globo y todos deben conocer. No se le refuta a este dios, no se duda de él de ni de aquello que dice, no se cuestiona su voz, o los rostros que asume, es impensable que mienta. Esta divinidad ha depositado su confianza en la capacidad de los mismos seres humanos para materializarse; y por tanto, a éstos se les debe adular y adorar, aplaudir y amar. Es preciso sufrir por ellos, dolerse de sus dolores, angustiarse con sus angustias. Los súbditos espectadores quieren saber cada día de la vida los famosos, los representantes del dios de los medios, o dios medio, (Me- dios) sobre la tierra. Sus profetas son aquellos corderos que prestan su rostro en las pantallas para que este dios pueda hablarle a la sociedad de los acontecimientos y pseudo acontecimientos de la tierra y fuera de ella. Lo mismo empieza a suceder con los medios de comunicación al servicio de comunidades, organizaciones, empresas instituciones, tratan de imitar con su bombardeo cosificador a los medios masivos, con lo cual, la realidad de estos conjuntos organizados de personas se ve también condicionada por dichos medios. Aun así, algunos pocos se atreven a dudar de la información de los medios, a cuestionarlos, a requerirles explicaciones para la sociedad -más allá de su poderosa capacidad de decisión al lado de los grupos económicos y políticos-, a exigirles correcciones o a negarse a aparecer en ellos según sus condiciones: por supuesto que esto no es aceptable a los ojos de este dios y por tanto, su ira se expresa sobre estos pocos desadaptados u ovejas parcial y temporalmente fuera del redil. Es claro que, como ocurriera en el panteón de Zeus, la divinidad es un conjunto de intereses y egos en pugna, mas que un dios único. Y parece ser igualmente cierto que cuando se hace referencia a los medios y tecnologías de comunicación e información se habla del imperio de humanos endiosados; pero el dios medio es mucho más que los seres humanos a través de los cuales se personifica, es una red, una nebulosa, una extraña nueva entidad que vorazmente absorbe voluntades y mentes, incluso, las de los propietarios de los medios. Estos, que creen dominar su medio, o algunos medios, terminan finalmente dominados por la masa informe de la red de medios nacida para dominar las masas, incluso a los propietarios de los medios. Tecnología y energía son fuerzas más fuertes que los seres humanos que las manipulan y a los cuales logra someter gracias a su propia genuflexión. Esta nebulosa de medios se convierte en una especie de monstruo, etéreo, que domina a sus propios creadores, estos morirán más tarde o temprano, pero los medios que crearon seguirán allí existiendo en la manipulación consumista de algunos de turno. Lo que debió ser un logro científico de la humanidad se está convirtiendo en un monstruo, tal cual como sucedió con el personaje creado un noche de rayos y centellas de 1818 por Mary Sheley: Frenkestein. La seducción de las masas es un vacío sin fondo, una dimensión desconocida. Un ejemplo, manido quizás, se presenta cuando el televisor concentra la atención de diferentes personas que en muchos casos prefieren no hablar. El medio puede ser usado como excusa para no interactuar, para no dialogar, para no responder. Muchas veces es más fácil estar ocupado frente a la pantalla que enfrentar las diferencias con el otro o escuchar sus problemas, o hablar de los de ambos. Otro caso se presenta cuando en una casa hay varios televisores, puede verse a menudo a los diferentes miembros de una familia, cada uno en un cuarto, frente a un televisor, y cada uno viendo, básicamente, el mismo programa que sus hermanos o hijos. Procesos similares se repiten en las organizaciones con los diferentes canales, periódicos, boletines, pantallas de información, televisores en corredores y restaurantes, computadores, entre otros. El problema en cuestión no es el medio, ni su capacidad de seducción; es la sobreoferta de medios frente a la oferta de espacios y posibilidades para la comunicación entre las personas. Es la manipulación oscura de los mensajes para la supremacía de medio como vehículo de comercio y consumismo sobre las posibilidades de encuentro entre seres humanos. Pareciera que lentamente el ser humano entrega su voluntad a los contenidos de los mass media, pero sólo en función del fortalecimiento de los media. Esto se explica porque la estructura de los medios y su oferta son pensadas por otros seres humanos desde las técnicas que buscan el menor rechazo posible. Por mucho que se insista en los nuevos modelos de comunicación resulta imposible negar la primacía actual de los ejercicios de tipo Aguja Hipodérmica, en los cuales, como explica Mauro Wolf, cada miembro de la audiencia debe ser personal y particularmente afectado por el mensaje. Pero además, este tipo de manejo de los medios suele ir acompañado de aquellos inspirados por corrientes conductistas que retomaron el “ello” freudiano para otorgar a los medios las herramientas que urgan y despiertan continuamente las pulsiones y los deseos más profundos del perceptor. Elevar el “rating” exige eliminar barreras, por lo tanto, el observador debe entrar en un letargo, una especie de adormecimiento del que no debe despertar pues cambiaría de canal, de medio, o se marcharía, y eso, esencialmente, cuesta dinero: un problema de fondo en todo este embrollo. Esto implica aislamiento de las otras personas para mantener la concentración en el medio y su oferta. Los medios de comunicación desarrollan algunas estrategias que les permiten consolidar su proyecto de supremacía. De una parte, el mensaje se encuentra no sólo supeditado al medio, sino también en segundo plano. Generalmente no importa qué se diga, importa que se diga algo. De otra parte, al oferta de de datos debe ser continua, permanente, rápida, fragmentada, envolvente; el perceptor no se puede desconcentrar. Es preciso mantener la atención, no importa que se actúe en detrimento de las capacidades y posibilidades de análisis y crítica, no son necesarias… realmente son molestas. Los espacios de comunicación, en los medios masivos y colectivos –incluso los organizacionales o particulares, y muchas veces lo alternativos- han replanteado la perspectiva de sus funciones sustantivas. Antaño se decía que los medios debían informar, formar y recrear. Plantear una nueva perspectiva de estos postulados puede resultar alentador si se opera en busca del desarrollo, la humanización y la optimización de las posibilidades tecnológicas. Sin embargo, parece que no ha sido en este sentido que se efectuado tal replanteamiento; más bien parece que es una función comercial la que ha entrado a determinar el modo como los medios modelan la realidad e impactan la sociedad. De este modo, el primer deber de los medios es el consumo y con éste su propia consolidación. En consecuencia la programación de los medios, sus espacios, columnas, secciones, franjas, horarios, son estructurados en relación con sus objetivos y sus finalidades. Por eso se desdibujan los límites entre esos programas y secciones; entre sus comerciales y su información; entre la opinión y el drama; entre la puesta en escena y la puesta en la vitrina; entre las miradas a la realidad y las realidades construidas para ser miradas. El espectador de hoy no sabe muy bien dónde empieza un tema y dónde termina otro; dónde concluye el editorial y empieza la venta, o dónde acaba la noticia para dar paso a la propaganda política; sólo así permanecerá en sintonía gracias a una cadena de edición y emisión hecha para tenerlo ahí, sentado, nublando su memoria, atendiendo órdenes de consumo y olvidándose de que un día se pudo comunicar con otros. Además se encuentra el simulacro del feed back, aquella ilusión que nos hace pensar que una llamada, la respuesta a una encuesta con un certero sí o no, o la marcación de un número telefónico que expresa una posición a favor o en contra de un postulado ambiguo, nos pone en situación de retroalimentación efectiva con los medios, por lo menos eso creen en los cadenas de radio y televisión. El papel de los medios ya no parece ser el de acercar a personas que se encuentran separadas; más bien parece ser el acercarlas a los productos por lo cuales pueden pagar; o mantenerlas frente a los medios mismos, que ya de por sí representan un consumo y dicho consumo genera dividendos. La primacía del medio parece atentar contra la calidad del mensaje, pero peor aun, contra los sujetos de la comunicación. Al sobrevalorar el medio, el contenido queda en segundo plano y el estatus de los comunicantes/comunicados se sumerge en un oscuro vacío contra la humanidad, que está, por excelencia, dotada-necesitada de la capacidad de comunicarse. El medio bombardea de información constructora de una hegemonía de los medios con lo cual genera una especie de pérdida de de memoria de los perceptores, presos en la envolvente de la saturación de datos. Se pierde la memoria de lo vivido, de lo por vivir, de la interacción y se vive en un caudal de datos muchas veces sin sentido. Entonces el panorama de los sujetos se convierte en uno similar al de Giambattista Bodoni, personaje de la novela de Eco, que ha perdido su memoria cercana, la de lo vivido, la de su propia experiencia; y en cambio conserva con inagotable y asombrosa frescura su memoria enciclopédica. Hoy podemos recordar los detalles más triviales del acontecer mediático y fácilmente nos olvidamos de los hechos concretos de nuestra propia historia y de nuestra propia vida.