DeFleur se pregunta: ¿Cómo tiene lugar la comunicación humana? Y afirma que: “La respuesta a esta pregunta tiene particular importancia. Difícilmente pueda lograrse una evaluación realista de un fenómeno como la comunicación de masas mientras subsistan controversias y problemas no resueltos, concernientes a su naturaleza básica. Por desgracia, ésa es precisamente la situación, no sólo en lo que respecta a la comunicación de masas, sino también a otras formas de comunicación humana”[1]. Según este autor es preciso, incluso, partir del estudio de la comunicación no humana para comprender la humana. DeFleur observa a los que denomina insectos sociales: hormigas, abejas, termitas y otros animales que viven en colonias y en las que “se comprueba a menudo una compleja división del trabajo y una organización social muy desarrollada gracias a las cuales coordinan sus actividades y se afanan en pos de objetivos comunes”[2]. Desde este punto de partida desarrolla su propuesta.

El modelo de DeFleur explica el isomorfismo que se presenta cuando es posible obtener la correspondencia de los significados entre emisor y receptor, lo que, según su propuesta, conforma realmente la comunicación. El punto de partida es el modelo de Shannon y Weaver para plantear el feedback o realimentación que posibilita el encuentro de las partes en el significado. Para DeFleur el proceso comunicativo hace que el significado se transforme en mensaje. Partiendo de la idea de la correspondencia entre el significado del mensaje producido y el mensaje recibido, estudia la transformación de dicho mensaje en información. De igual modo, el receptor descodifica la información que recibió como mensaje a través de un canal. La comunicación se habrá producido si existe correspondencia entre el significado del emisor y el del receptor. Sin embargo, el mismo DeFleur expresa que raramente es perfecta esta correspondencia. El autor enuncia cómo, para la comunicación, resulta evidente la existencia de una estructura nerviosa en el sujeto, la cual debe funcionar dentro de límites normales como requisito previo al uso del lenguaje, al desarrollo de procesos de significación y simbolización. De este modo: “La participación del sujeto en el proceso lingüístico no sólo pone a su alcance los medios necesarios para comunicarse consigo mismo (pensar); también le da el poder de comunicarse con sus semejantes recurriendo a significados convencionales”[3]. Es así, como DeFleur plantea que: “El problema de la comunicación no consiste en realidad en ‘transmitir’ significados. En el acto comunicativo no hay una esencia, un espíritu o un algo invisible que salga del sistema nervioso central de una persona y se traslade al de otra. Tal concepto es innecesario y enturbia las aguas de la investigación legítima sobre la naturaleza de la comunicación humana con cuestiones acerca de la ‘transmisión de pensamiento’, ‘clarividencia’, ‘lectura del pensamiento’ y otras necedades semejantes”[4]. Según este modelo, “la fuente y el transmisor no son sino fases diferentes del acto comunicativo llevado a cabo por el iniciador de la comunicación.




[1]DE FLEUR, Melvin L. de. Teorías de la Comunicación masiva. Buenos Aires. Paidós, 1970. Pág 119.

[2] Ibid. DeFleur. Pág 119.

[3] Ibid. DeFleur. Pág 134.

[4] Ibid. DeFleur. Pág 138.