Acusado de incrédulo fue expulsado de cuatro y cinco  movimientos religiosos. Entusiasmado leyó las escrituras de su nueva casa espiritual. Al interpretarlas lo sobrecogió temor escuálido como un fantasma que no logró impedir su esfuerzo pero lo torno azaroso y dubitativo. Un interrogante permanente se clavó en su mente. Estricto se dedicó a revisar los más importantes acontecimientos de su vida tras huellas de lo que fueron sus existencias pasadas. Entonces una memoria milenaria acometió en él como un ejército en batalla. Mil imágenes se fundieron en la pantalla colorida de su mente. Caminos polvorientos, centuriones, copas de vino, panes ácimos, espadas y caballos. Se reconoció a sí mismo en diferentes países y culturas, a diferentes edades, con diversas esposas y familias. Muchas vidas, muchas experiencias, muchos ámbitos y todos expedían un susurro de multitud agobiada que en el fondo de su alma se transformaban en dolor. Trató de aguzar su mirada, sus recuerdos, sus sentidos con el ánimo de afinar mejor algunos de esos recién llegados recuerdos. Entonces con asombrosa claridad se vio arrojar una toalla sobre una silla después de lavarse las manos en una jofaina. La imagen se desvaneció con la misma rapidez con la que apareció y fue sucedida por el registro mental de otra existencia. Esta vez vestía de centurión romano y daba latigazos a un hombre. Aquél emitió un grito desgarrado que le sacó de tal existencia y lo llevó a otra. Esta vez levantaba con decisión una almádana para clavar la mano de un hombre a un madero. Inquieto se puso de pie. Sobresaltado escuchó su corazón como un redoblante.  Una imagen, otra vida, otra existencia llegó en imágenes a su mente: en aquella ocasión recibía treinta monedas de plata en una bolsa de cuero. Sin más dudas corrió al patio de su casa y se ahorcó.