Cuando se cerró el ataúd el hombre que miraba respiró profundo y se sintió seguro. Con las primeras paladas de esa tierra anaranjada y marrón sobre el cajón se borraron definitivamente todas sus dudas y angustias. Su mayor enemigo, su gran enemigo, su único enemigo estaba muerto y bajo tierra. Se arrodilló y lloró con un vacío en el estomago que no había sentido nunca antes.