Frente a la pantalla del televisor me sorprendió mi propia imagen. Era yo. Eran mis palabras. No lograba discernir si me veía más gordo o más flaco, más alto o más bajo. Trataba de establecer si mi voz se escuchaba más grave o más aguda. Era yo y era otro. Ese de la imagen me era ajeno y profundamente conocido. Estaba dentro de mí, en frente, igual y diferente. Extraño espejo es la televisión, pensé.
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