Las dudas lo acosaron mientras vivió y estudió en el seminario. Noches enteras se agitó en la cama negándose las negaciones que la razón oponía a su fe. No recordaba en su vida haber sentido una vocación diferente a la del sacerdocio. Desde tierna edad profesó su amor a Dios y su gusto por el camino religioso. Fueron duras pruebas las del noviciado y el paso de los días, de las clases, de la exegesis bíblica o el trabajo social. Estas experiencias de vida en comunidad y estudio de la palabra de Dios, sumados a la tranquilidad y el silencio para una vida de interioridad lejos de soliviar los pesos de su pensamiento agregaron cargas a su conciencia. Dudó entonces y dudaba ahora. Se cuestionó la existencia y poder de aquél Dios que había enviado a su propio hijo para morir en la cruz. Al fin, frente al altar se sintió sereno. Feliz. Cerró los ojos y se percibió lleno de luz, rodeado de rayos luminosos como los que había imaginado tantas veces y las pinturas prometían. Levantó el cáliz y la patena con la ostia: el pan y el vino, el cuerpo y la sangre. Se sintió entonces lleno de luz, brillante y claro, pareció levitar, navegó entre el tiempo y el espacio, creyó verlo, o lo vio. Creyó entonces. Sobre el altar depositó la presencia divina y corrió.