Por debajo de la mesa la mano temblorosa buscó un océano, encontró un mundo olvidado, descubrió un nuevo continente, recorrió la jaula que le haría preso y administró placeres olvidados. Tocó las fibras de la falda; auscultó despacio, navegó sobre la piel de las piernas, subió y bajó, bajó y subió aquellos muslos para grabarlos en su memoria como si fuera un escáner. La tocó por los lados y por detrás, en medio, más arriba, más abajo y más adentro. La tocó imaginando, deseando, preparando, yendo hacia ella y viniendo. Sintió también, mientras acariciaba entre las piernas, la ansiedad de la mujer que le besaba entregada, con las armas abajo sin oponer fuerzas en la batalla, conquistada más bien; sumisamente lo alentaba a palpar, lo acogía, lo ataba sin cuerdas y lo hacía sujeto de una nueva pasión, de la pasión.  Los amantes se ocultaban y auscultaban entre la luz tenue del bar y de la bruma del humo de cigarrillo, la espesura del volumen musical y el ruido de bebedores y bailarines que usualmente sólo dejan ver sombras en sitios como éste. Un humo rancio con un aroma frío, seco, químico flotaba entre las mesas de los animosos y rumberos clientes del lugar. Los músicos mantenían el frenesí de la noche marcando el ritmo de abrazos y pasos de baile, de besos y brindis, de bocanadas de nicotina, de meseros presurosos con bandejas de botellas esperadas ansiosamente, de amores y desamores.

 En su mesa, apartada de la nave central del lugar, parecían olvidarse del mundo los nuevos amantes. El tacto provocador y siempre príncipe del encuentro amoroso se erigía en rey del placer furtivo. Más allá de los olores de perfumes rápidamente desvanecidos en la mezcla de sudores y humo de cigarrillo; del regustillo a taninos de vino joven, de whisky maduro, de ron viejo, de ardiente aguardiente, él sintió cómo el tacto ponía en su boca el sabor de una nueva vida. Miró por un instante las siluetas que bailaban eróticamente en medio del ambiente azulado y rojizo creado por los reflectores que generaban penumbras entre las parejas bailarinas al lado de la banda mientras ésta tocaba sin treguas. Se dejó llevar por una fuerza que entre los tragos y las yemas de sus dedos lo comunicaba con el universo y lo hacía parte de la perfección de la naturaleza. Sintió que se descubría, que encontraba otra vida de su existencia, otra existencia en esta vida, la noche de unos días apenas sí vividos, los días brillantes de una noche larga que duró muchos días. Se sintió rey de sí mismo otra vez. Asumió que sus días de hombre ordenado y laborioso eran apenas una parte de él. Recordó los domingos de hastío en su caluroso apartamento. La tomó del brazo y la ayudó a levantarse, la apretó por la cintura y la condujo hacia el corredor entre mesas. Se apuró con vigor y decisión una última copa hacia los labios deseosos de saliva, sabor y sentir. Supo que ya nunca saldría de aquella cárcel; pensó, entonces, que su esposa tendría que saberlo.